domingo, 24 de octubre de 2010

Orquestas en peligro y demás.

Dentro de la vorágine de recortes presupuestarios que se ha desatado en toda Europa, destaca últimamente la propuesta gubernamental para la desaparición del ente que engloba a las tres orquestas y el coro de la radio neerlandesa. Por internet circula la noticia desde hace días y un manifiesto contra esta medida, que se puede firmar (http://www.mco.nl/mco_page/actie/eng).

En otros países de nuestro entorno ya ha habido situaciones similares como la reestructuración llevada a cabo con las orquestas de la RAI italiana hace años que las dejaron en una megaorquesta (10 flautistas...) con sede en Turín, los recortes a los teatros de ópera, etc.

Sin irnos tan lejos, en nuestro país ya ha habido medidas como la desaparición (¿transitoria?) de la Orquesta de la Academia del Liceu de Barcelona, que no han tenido tanto eco, pero que no presagian nada bueno para las orquestas profesionales españolas. Los recortes en los presupuestos de casi todas ellas son generalizados, y cada una trata de salir del apuro como mejor puede (recortes de plantilla más o menos manifiestos, programaciones más conservadoras, reducciones de cachés...)

La fragilidad del tejido musical profesional español no debería hacernos confiar demasiado en la estabilidad de unas instituciones necesarias, pero que por otro lado son manifiestamente mejorables sobre todo en su gestión.

Yo he vivido más de diez años como músico de orquestas profesionales, y por lo tanto no puedo más que estar en contra de esta política de restricción de las orquestas. Dicho lo cual, no me sorprende nada de lo que está pasando y además no soy muy optimista de cara al futuro a medio o largo plazo.

La orquesta sinfónica tal y como la conocemos hoy en día es una megaestructura que cuesta millones de euros anuales que normalmente pagan las diferentes administraciones públicas en distintas proporciones (Juntas, Ayuntamientos, Diputaciones, Ministerio). Suelen ser fundaciones o sociedades anónimas. La figura del funcionario profesor de orquesta es algo a extinguir y que yo sepa sólo quedan algunos en la Orquesta Nacional de España. De este modo, si una administración decide en un momento que no le interesa gastar más dinero en una orquesta no se enfrenta a una serie de funcionarios de una Institución Oficial, sino a empresas externas que tan sólo tienen vínculo con ella por medio de las subvenciones anuales que reciben.

Este proceso no es de hoy, ni se ha acabado. El desprestigio de los funcionarios como artistas ha venido sonando desde hace muchos años, y los propios músicos hemos sido cómplices de esto creyendo que una situación profesional más libre nos convertía en mejores artistas. La figura del freelance que no tenía vínculos estables con ninguna Institución era (y es) la panacea de muchos músicos de mi generación y posteriores. Como digo, este proceso no ha parado y los siguientes objetivos de este pensamiento somos los colectivos docentes. Del mismo modo que pasó con los funcionarios de orquestas, los conservatorios oficiales y los funcionarios docentes no gozamos de un prestigio demasiado alto. E igualmente que en el caso citado, muchos alumnos y colegas elogian sistemas educativos más libres y menos regulados en cuanto a la contratación de su personal. Hablo evidentemente de instituciones como la Esmuc, Musikene, Reina Sofía, etc. que por lo demás cuentan con algunos magníficos profesores entre sus planteles.

Volviendo a las orquestas, como decía antes no me extraña en absoluto lo que está ocurriendo por desgracia. La música sinfónica ha perdido gran parte del protagonismo social que le fue característico en su era dorada, y en la época de la creación de las grandes orquestas europeas. Las causas son múltiples y este no es lugar para estudiarlas ni yo quien lo pueda hacer. Las orquestas representaron la vanguardia musical en otras épocas, pero por un lado el movimiento historicista ha reducido enormemente su repertorio. Por otro lado la propia naturaleza de las mismas las hace enormemente reticentes a la hora de programar obras de un mayor riesgo estético.

El público que quiere oir a Rachmaninov eternamente nunca aceptará obras que vayan más allá de Schostakovich (que suele ser el límite de su repertorio antes de meterse en problemas con los músicos y el público). Sé por propia experiencia que los músicos de orquesta no sienten en general demasiada empatía con el repertorio "contemporáneo", y el trabajo que se le dedica al mismo no suele ser equiparable ni en tiempo ni en interés.

De este modo tenemos formaciones que engullen millones de euros, con poco o ningún control en su gestión, ninguna democracia interna, que centran su actividad artística en un par de siglos a lo sumo de creación musical, con un público cada vez más envejecido y una repercusión social escasa.

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